Ademar recuerda que por aquellos años la nueva ciudad era todavía un lugar de calles difíciles, zanjas, barro, construcciones sin terminar y muy pocos árboles. Para él, aquella transformación significaba mucho más que un cambio de vivienda: se había perdido también buena parte del entorno natural que identificaba al lugar.
En ese contexto nació la idea de recuperar, aunque fuera en una pequeña porción de tierra, algo de aquel paisaje desaparecido.
Ademar le comentó el proyecto a su médico de entonces, el doctor Surra, quien lo alentó a llevarlo adelante. El principal problema era encontrar un lugar donde hacerlo. Finalmente, la iniciativa llegó al municipio y se puso a disposición un terreno que hasta entonces había sido utilizado como depósito de ripio y zona de movimiento de camiones y maquinaria.
El predio estaba prácticamente vacío y muy deteriorado. Fue nivelado y cubierto con una delgada capa de tierra. Allí comenzó el trabajo.
De un terreno pelado al “bosquecito de Ademar”
Los primeros árboles llegaron gracias al esfuerzo personal de Ademar. Algunos los consiguió en una quinta de la zona y otros los fue buscando por distintos lugares de la región.
Durante los fines de semana salía con una pala a encontrar ejemplares que pudiera trasladar y plantar. Su intención era recuperar principalmente especies propias de la zona y reconstruir, en pequeña escala, el ambiente natural que se había perdido.
Poco a poco los árboles comenzaron a crecer.
Durante aquellos primeros años, el lugar empezó a ser conocido informalmente como “el bosquecito de Ademar”.
No existe un día exacto en el que pueda decirse que comenzó el bosque. Ademar recuerda que empezó a trabajarlo durante la primavera de 1980. Con el tiempo se adoptó simbólicamente el 21 de septiembre, Día de la Primavera, como fecha de nacimiento.
Por eso, cada 21 de septiembre el Bosque del Aromito suma un nuevo año de historia. En 2026 alcanza sus 46 años.
Por qué se llama Aromito?
Durante algún tiempo el lugar no tuvo un nombre oficial.
Cuando comenzó a discutirse cómo denominarlo, Ademar sostenía una idea muy clara: el nombre no debía representar a una persona.
Para él, el bosque pertenecía a Federación.
Por eso propuso que llevara el nombre de un árbol.
Entre distintas posibilidades apareció el aromito, una especie muy conocida en la región por su perfume y por sus características flores amarillas.
Había además una circunstancia especial: según recuerda Ademar, el aromito fue el primer árbol que nació espontáneamente dentro del predio.
Ese ejemplar todavía permanece en el mismo lugar.
Así nació el nombre que terminaría identificando al bosque.
Recuperar lo que había desaparecido
El Aromito no nació solamente como un parque.
En el relato de Ademar aparece permanentemente otra idea: recuperar una parte del ambiente que había desaparecido con la transformación territorial de Federación.
Recuerda los montes que acompañaban a los cursos de agua, los arroyos y la enorme presencia de fauna y flora que existía antes de la formación del lago.
Por eso cada especie incorporada al bosque tenía un sentido.
Uno de los árboles que más dificultades le presentó fue el chañar, debido a sus raíces. Ademar recuerda haber buscado ejemplares en distintos lugares donde todavía sobrevivían.
Con el tiempo, esa suma de árboles comenzó también a atraer nuevamente a las aves.
El primer pájaro que recuerda haber observado en el Aromito fue el ojo colorado. Después llegaron las tijeretas.
Una de ellas construyó un nido cuando los árboles todavía eran pequeños. Ademar recuerda aquella escena especialmente porque representaba lo que había imaginado desde el principio: donde volvía el árbol, empezaba también a regresar la vida.
Un pequeño bosque convertido en refugio de biodiversidad
Décadas después, aquel terreno prácticamente desnudo se transformó en un espacio de enorme diversidad.
Según el relevamiento que recuerda Ademar, realizado durante un año por especialistas y colaboradores, por el Aromito pasan alrededor de 97 variedades de aves.
Eso no significa que todas vivan permanentemente allí. Algunas llegan para alimentarse, otras utilizan el lugar para nidificar y otras forman parte de los movimientos migratorios estacionales.
Golondrinas, tijeretas y otras especies encuentran alimento o refugio dentro del bosque.
Ademar también contabiliza alrededor de 192 especies de árboles.
Aunque el proyecto estuvo orientado principalmente a la flora regional, existen algunos ejemplares que no son autóctonos y que fueron incorporados por razones históricas o afectivas.
Cada árbol guarda una historia
Para Ademar, el Aromito no puede explicarse solamente contando especies.
Cada árbol tiene una procedencia y una historia.
Tres grevilleas, por ejemplo, fueron plantadas como homenaje a la antigua plaza de Federación. Ademar recuerda que aquellos árboles rodeaban la plaza y formaban parte de una de las costumbres sociales de la época: después de la misa, los jóvenes caminaban alrededor de ella y se encontraban allí.
Otro árbol recuerda a Carmen, una vecina brasileña que inicialmente no quería que Ademar plantara frente a su casa porque temía que los árboles terminaran tapándola.
Ademar logró convencerla con otra idea: algún día ninguno de los dos estaría allí, pero el árbol permanecería como recuerdo.
La conversación terminó emocionándola.
Años después, Ademar todavía utiliza esa historia para explicar lo que representa el bosque.
No son solamente árboles.
Son recuerdos.
Por eso, cuando se habla de las 192 especies que existen en el Aromito, para él también podrían hablarse de 192 historias.
Un bosque que también tuvo que ser defendido
La continuidad del Aromito no estuvo siempre asegurada.
En distintos momentos existieron proyectos que podían haber reducido o transformado el predio. Ademar recuerda especialmente una ocasión en la que se desplazó parte del alambrado para utilizar una porción del terreno.
La intervención de su hijo Iván, abogado, y las gestiones realizadas ante autoridades municipales permitieron recuperar ese espacio y devolver el límite a su lugar.
En otro momento aparecieron proyectos que contemplaban usos como estacionamientos, instalaciones deportivas o una pileta dentro del sector.
Aquellos planes finalmente no avanzaron.
Con el paso de los años comenzaron a aparecer herramientas legales para proteger definitivamente el lugar. Ademar recuerda que existen varias ordenanzas municipales, una de las cuales declaró al espacio reserva forestal de flora autóctona.
Actualmente el predio cuenta con una protección que impide disponer libremente de él o modificarlo como podía ocurrir en sus primeros años.
El desafío de continuar la historia
A los 46 años de aquel comienzo, la principal preocupación de Ademar ya no es plantar el primer árbol.
Es saber quién continuará contando y cuidando la historia.
En los últimos tiempos comenzó a crecer el interés por formar personas que puedan desempeñarse como guías del Bosque del Aromito.
La idea lo entusiasma especialmente porque permite transmitir algo que todavía permanece, en buena medida, en su memoria: de dónde vino cada árbol, por qué fue plantado y qué historia guarda.
También surgió la posibilidad de que los ejemplares puedan incorporar nuevas herramientas de interpretación, por ejemplo sistemas que permitan conocer mediante códigos QR la historia de cada especie.
Para Ademar, que otras personas comiencen a interesarse en conocer y transmitir ese patrimonio representa una respuesta a una pregunta que aparece inevitablemente después de tantos años:
¿Quién va a seguir?
Su respuesta resume buena parte del espíritu con el que nació el Aromito:
“Van a seguir ustedes”.
